Renacen los suelos en La Gloria

02-feb-2016

Erase que cuando La Gloria fue The Gloria City fue un espejismo. Después La Gloria fue un sueño; luego, un olvido; más tarde, una leyenda. Hoy La Gloria es un futuro, a ocho kilómetros de Sola, bajando por la loma a medio camino de la costa.

Por una serventía lateral, a tiro de piedra del centro del poblado, se extiende en paños de cultivos la finca La Deseada: surcos, aguadas y potrero con carrileras de frutales y pastos. Si alguna cosa en su vida deseó Élida Díaz Cárdenas fue un pedazo de tierra y que le quedaran fuerzas para hacerla producir. Las dos cosas y más tiene porque junto a ella está la familia en la que el esposo, Antonio Ramos de la Torre, callado y sencillo de costumbre tiene siempre la sonrisa para la mujer que desde hace más de 40 años ama.

Élida hace gala de una memoria prodigiosa donde lleva a punta de lápiz recuerdos y cuentas. La nueva historia está inscrita desde que esta tierra abandonada en maniguas le fue entregada y a pura tenacidad la han convertido en un centro de referencia en la producción y en la aplicación de la nueva técnica agrícola. “La técnica de la ciencia agrope­cuaria”, dice esta campesina esmeraldense.

“Luego de limpiar todo el marabú lo principal fue salvar los árboles frutales trasladándolos de lugar. También estu­vo lo de la vivienda, que primero fue una “chusmita”, un techo con cuatro palos. Ahora nuestra vivienda ya tiene presencia”.

“Lo principal es que aunque estos terrenos no son del todo buenos, cuando se les da cultura y conocimientos producen cuanto usted quiera”, refiere Isidoro.

“Si en un principio nunca pensamos incrementar tanto la producción, ahora ya sabemos cuánto podemos hacer”, dice Moimenta y nos muestra los resultados.

Y se va uno a terreno labrado, a la casa de cultivo, a la charca que es como un paraíso escondido entre los plata­nales. A la despedida nos regala una rosa del jardín. “Todos nos merecemos flores”, dice.

Más lejos, por el terraplén que va a la costa, está “Las Mercedes”. Entre pastos y platanales muy verdes donde además se cosechan frijoles y frutas, Marcos Moimenta Viltres tiene un emporio familiar. Dos hijos y la esposa, primos y parientes aferrados a un proyecto de desarrollo para aplicar nuevos conceptos y estrategias agropecuarias.

“Comenzamos con dos hectáreas de tierra. El nuevo programa me ayudó con todo lo que ve; casa de cultivo para la siembra de tomate y un moderno sistema de riego que sustituyó las viejas tuberías mejorando el abasto de agua que en esta zona es pobre”.

Camino arriba, hacia el norte está la finca El Porvenir donde Luis Isidoro Leiva, con más de cuatro años asentado en esta parte de la llanura costera, hasta donde alcanza la vista, se dedica a la cría de ganado menor, aunque hay algo de ganado mayor con una buena parte dedicada a cultivos varios. “Éramos productores empíricos, sin cono­cer, por ejemplo, nada sobre el manejo de suelos y abono verde. El trabajo con la familia da resultados y la produc­ción se multiplica, ahora tenemos contratos con Acopio y Turismo, en especial frutales y plátanos. La nuestra es la casa de cultivo más productiva de la zona”, cuenta.

Para entender este desarrollo de la ciencia en tierras con pobres aguadas, salinas a veces, carbonatadas luego, debimos comenzar con Rosa Espinosa Rojas, quien algu­na vez llegó desde Mayarí Abajo y hace más de diez años es delegada de circunscripción y presidenta del Consejo Popular La Gloria, cuyos 2 532 habitantes se dispersan sobre 51 km². La Gloria es uno de los consejos más extensos de la provincia y el menos poblado.

“Lo primero es que tenemos gente trabajadora que en­frentó muchos problemas con la tierra, el agua, las siem­bras. Sabíamos que debíamos cambiar los sistemas de siembra, aplicar técnica, pero de eso nadie conocía qué hacer”.

Narra que por entonces y a través del Citma les llegó el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, para luchar contra la desertificación de suelos. A partir de allí realizaron estudios y se elaboró el proyecto Implementación de un sistema integral para frenar los pro­cesos degenerativos y de erosión para los suelos de la comunidad de La Gloria. Cuando se demostró que era posible aplicarlo y se sumaron productores interesados en cambiar de vida, recibieron aportes que ayudaron a mejo­rar las siembras a través de casas de cultivo, herramientas, sistemas de riego, facilidades para la repoblación forestal, una mini-industria para procesar las frutas...

“Junto con esas pequeñas donaciones, explica Rosa, llegaron programas de capacitación para los campesinos, participando en programas nacionales e internacionales de medio ambiente”.

Nuestra provincia cuenta con dos programas del PNUD: este de La Gloria, para combatir la desertificación de suelos y el de Playa Florida, encaminado a recuperar los manglares.

Al paso, la vida en la comunidad se transforma sin milagros; nadie cree ya que la gloria está en el cielo y aunque son pocos pasos, para iniciar el camino hay que dar el primero.

Pienso en los antiguos y en los actuales pobladores de La Gloria. En los que ayer sucumbieron en tierra extraña sin alcanzar el sueño y en los que hoy luchan en su patrimonio por dominar el suyo. Y pienso en ellos porque más arriba, en la colina, en el cementerio desde donde se ve parte del poblado, están enterrados decenas de aque­llos granjeros norteamericanos que hicieron posible la leyenda de The Gloria City. Sus túmulos de piedra nos recuerdan otras historias que pueden escribirse hoy con esperanzas. De todas formas nunca se llega a la gloria por un camino de flores.

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